Por: Fredy Sánchez Kerguelén
Hay ideas que, de tanto repetirse durante años, terminan pareciéndonos normales. En Montería ocurrió una de las más peligrosas: nos hicieron creer que el siguiente paso de nuestra vida dependía siempre de un político. Que el trabajo dependía de un concejal. Que el contrato dependía de un diputado. Que la oportunidad dependía del alcalde. Que el progreso dependía de quien estuviera en el poder.
Y mientras esa forma de hacer política se normalizaba, también se fue normalizando otra realidad: la de una ciudad que crecía, pero donde miles de familias seguían sintiendo que no progresaban. La de jóvenes convencidos de que su mejor opción era irse porque aquí no encontraban oportunidades. La de padres que, aun trabajando sin descanso, apenas lograban sobrevivir. La de madres cabeza de hogar para quienes llegar a fin de mes se convirtió en un acto de resistencia. La de una ciudad que comenzó a perder el rumbo mientras el desorden ocupaba las calles, la cultura ciudadana se debilitaba y parecía que aquí cada quien hacía lo que le daba la gana.
Hace poco conversaba con un barbero sobre la importancia de la mentalidad. Hablábamos de perderle el miedo a hacer lo que uno quiere hacer, de dejar de esperar el momento perfecto o la persona perfecta para arrancar. Porque soñar es bonito, pero para convertir los sueños en realidad toca hacer. Toca moverse. Toca trabajar. Toca salir a buscar las oportunidades y, muchas veces, construirlas.
¿Cuántas veces hemos escuchado que un político paga el recibo de la luz de una familia? ¿Cuántas veces alguien dice con total naturalidad que está esperando que le consigan un trabajo? Eso no solo refleja necesidades económicas. También refleja una cultura que terminó convenciendo a miles de personas de que el progreso depende siempre de alguien más.
Y esa misma lógica también terminó haciéndole daño a la política. Muchas campañas dejaron de competir con ideas para competir con favores. El puestico, el contratito, la ayuda inmediata o el recibo terminaron reemplazando la conversación sobre el futuro de la ciudad. Cuando eso ocurre dejamos de elegir proyectos colectivos y empezamos a administrar necesidades individuales.
Pero tampoco quiero caer en el otro extremo. Sería profundamente injusto decirle a una madre que lleva meses buscando empleo que todo depende únicamente de su esfuerzo. Sería injusto decirle a un joven que siente que la única oportunidad para salir adelante es irse de Montería que el problema está solamente en él. Sería injusto decirle a un padre de familia que trabaja doce horas al día para apenas sobrevivir que todo es cuestión de actitud. Montería sí tiene problemas estructurales y quienes la gobernaron durante años tienen una enorme responsabilidad por haber permitido que el desorden creciera, que las oportunidades no alcanzaran para todos y que demasiadas familias terminaran sintiendo que sobrevivir era lo normal.
Pero también existe una responsabilidad que ningún gobierno puede asumir por nosotros. Ningún alcalde puede estudiar por nosotros. Ningún gobernador puede emprender por nosotros. Ningún presidente puede levantarse cada mañana a luchar por nuestros sueños. Los buenos gobiernos crean condiciones; pero quienes transforman una familia son las decisiones que esa familia toma todos los días.
Montería necesita dos cambios al mismo tiempo: uno colectivo, para recuperar el rumbo de la ciudad y construir gobiernos que generen oportunidades; y otro individual, dentro de cada hogar, donde decidamos estudiar, trabajar, emprender, prepararnos y volver a creer en nuestra capacidad de salir adelante.
No confundamos un buen gobierno con un salvador. Los buenos gobiernos son indispensables, pero ninguna ciudad despega si su gente deja de creer en sí misma.
El futuro de Montería depende de nosotros. De las decisiones que tomemos en nuestras casas, en nuestros barrios y en nuestros trabajos. Y también de las decisiones colectivas que tendremos que tomar para corregir el rumbo de una ciudad que tiene todo para ser extraordinaria.
















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